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Convocamos ahora, dos años después, el II Foro Internacional del Feísmo, con el lema Construír un País: la rehumanización del territorio, considerando que el llamado Feísmo es un estado de cosas, una forma de relacionarse con el medio y con los demás que sólo se puede ir tipificando con reflexiones desde muchos ámbitos. Estaríamos ante una consecuencia sistémica, no autóctona; participa de las características de fenómenos similares en todo el mundo, tanto en el centro como en la periferia del sistema. Algunos ámbitos de reflexión pueden ser los siguientes: El modelo de ciudad del s.xix y el canon de hábitat rural que conservaban la escala humana dan paso a modelos-albergue que priman la capacidad [concentración de ciudades, proliferación de barrios/urbanizaciones, crecimiento a lo largo de las vías de comunicación] o desaparecen [como es el caso del canon rural agrario] a partir del s. xx, de forma que se refuerzan las vías que priman la velocidad de tránsito para atravesar-conectar territorios construidos cada vez más vastos [no-ciudades]: es el nuevo espacio del ser humano-productor «autosuficiente» y rentable. La vivienda está en el epicentro de dichas transformaciones [destrucción-creación]; junto con el estado del resto de construcciones populares y del patrimonio cultural, da cuenta de la tensión [valor económico – valor cultural] en la relación hombre-territorio. Los no-lugares consumen así una parte importantísima de recursos públicos y privados; parece que el tránsito y el anonimato obtienen una mayor atención que «el lugar»: son más rentables a expensas de una pérdida de humanización [incomunicación, velocidad]. Las guerras devastadoras imperialistas y el modelo de reclusión de las minorías en el s. xx estrenan una forma de terror metódico —II Guerra Mundial—: los recluidos son exterminados y se construyen para eso edificaciones específicas. Apenas 60 años despues, los palestinos padecen una reclusión que incluye en su asesinato el castigo a la familia y al propio territorio: destrucción de viviendas y huertas, bombardeo de edificios sospechosos con sus habitantes dentro... El Muro físico visualiza la repulsa hacia el «otro»: —Israel > Palestina, Marruecos > Sahara, EE UU > México, España (Ceuta) > África—; no son muros defensivos, sino al contrario, afirmación icónica del modelo cárcel-reserva-de-masas. La realidad-ficción de los medios de comunicación establece territorios virtuales simplificados estadísticos y pre-interpretados: la historia es historia antes de ocurrir, se decreta y así no hay que pensarla; la política gira en torno a titulares periodísticos y el pensamiento del ciudadano mide 30 x 40 cm por tema y día, foto trucada incluida. El planeta se vive a través de ellos —noticias de guerras, catástrofes o de la ‘Beautiful People’— o, como mal menor, a través del turismo exótico. Hablamos cada vez más sobre lo que dicen los ‘media’; son los notarios, el resto de la realidad no existe. Ejemplo de lo dicho: el tema del Feismo en nuestro País se propone como prótesis graciosa consubstancial al ciudadano gallego rural —si ha sido emigrante, mejor— o constructor en las urbes —también llevan «boina»—; sin más. La virtualidad, el comercio del conocimiento, el papel de la bolsa, son hoy soporte fundamental del valor añadido: el capitalismo industrial ha cedido frente al financiero, y éste vuelve a definirse según la rentabilidad de conceptos como la velocidad en la transmisión de datos o la titularidad del espacio exterior: instantaneidad y nuevos territorios de poder. La vivienda parece que sólo tiene un valor hipotecario; el suelo, el de la especulación: ambos, fluctuantes, inestables; carga angustiosa aquélla, tesoro amoral éste. La membrana Tierra se tensa física y sociológicamente con agresiones de dimensiones y saña inimaginables apenas hay unos años. Las talas anuales en la Amazonia del tamaño de Bélgica, la construcción del embalse o nuevo mar interior chino, con el desplazamiento de 600.000 personas; migraciones forzadas de millones de ciudadanos que arriesgan la vida huyendo de la miseria, asedios y ocupaciones preventivas con millones de muertes; ciudades que crecen exponencialmente fuera de control, migraciones de grandes centros de producción buscando mano de obra barata, dejando tras de sí millares de parados, países enteros a los cuales se les extrae su riqueza, de forma que permanecen condenados a la miseria. Estas tensiones estabilizan su progresión y están definiendo nuevos territorios desposeídos de sentido o de difícil intelectualización, separados por espacios vacíos, de tránsito, algunas veces desérticos; son los territorios del feismo y la provisionalidad, el hábitat de la soledad y de la pobreza. En todos estos casos, el concepto de territorio cumple funciones nuevas casi siempre ligadas a experiencias inhumanas, amorales y angustiosas. En Galicia, el deterioro de la vivienda tradicional y las aldeas, junto con el realojo en nuevos hábitats colmena, produjo en cientos de miles de personas el desarraigo y la pérdida de la historia personal y colectiva. Además, el intracolonialismo hizo otros estragos: al rechazo del valor de lo propio se han añadido actuaciones permitidas por acción u omisión durante decenios —canteras, embalses, minas, decenas de miles de incendios, construcción descontrolada, gravísimas agresiones industriales... El feismo se instala, avanza, se canoniza; pero es solamente un síntoma. ¿Estamos tal vez ante una manifestación de un modelo que se aproxima al colapso vertiginosamente? |
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